CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El recuerdo eufórico

En ocasiones, tras una ruptura amorosa, nuestra memoria funciona como el redactor de folletos de una agencia de viajes que decide convertir la relación liquidada en un destino de ensueño: fotos de playas sin algas, atardeceres sin nubes y actividades para parejas felices, omitiendo con discreción los hacinamientos, los mosquitos y el retraso del vuelo. Mientras en la portada todo parece un paraíso, en la letra pequeña, que el “redactor” no quiso escribir, figuran reproches, burlas, silencios que pesan como plomo, domingos fríos, promesas incumplidas, pequeñas humillaciones, discusiones que nunca llegaron a acuerdos, empujones verbales, noches en vela… Esto es lo que la psicología llama el recuerdo eufórico. Tras la ruptura, el cerebro, privado de su dosis habitual de oxitocina, entra en pánico y decide que cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente porque era conocido. Es el equivalente mental a tener hambre a las tres de la mañana y, de repente, el sándwich reseco de la nevera, parece un manjar con estrella Michelín. Pero no nos engañemos, el sándwich sigue estando seco y nosotros solo un vacío que llenar. El problema es que este sesgo alimenta el miedo a tomar una decisión equivocada, convirtiendo la nostalgia es nuestra brújula, cuando en realidad es solo química intentando ahorrarnos el esfuerzo de la incertidumbre. Así, el arrepentimiento que suele venir cuando formalizamos una ruptura amorosa, no suele nacer de un error real, sino de comparar un presente difícil, con un pasado que nunca existió tal como lo recordamos ahora. Y, seguramente, si abandonamos el barco fue porque estaba haciendo aguas, por mucho que ahora la nostalgia transforme un naufragio en un crucero de lujo. www.carloshidalgo.es

Los otrovertidos

Desde el siglo V a. C., cuando Hipócrates nos dividió en cuatro temperamentos y la astrología decidió que nuestro destino dependía de doce constelaciones, los humanos hemos sentido una fascinación casi obsesiva por encasillarnos. Sin embargo, la psiqué no es un interruptor binario de “encendido” o “apagado”. Por eso, frente a la vetusta dicotomía entre el ermitaño introvertido y el “alma de la fiesta” extravertido, surge un perfil más sutil y refrescante: el otrovertido. Este término hace referencia a esa persona comprensiva y amigable que cae bien a todos, pero tiene la costumbre de ser impermanente en los grupos sociales, al no tener la necesidad de “pertenecer” a toda costa. Mientras el resto de mortales busca recargarse de energía en el aislamiento (introvertidos) o en el bullicio de la gente (extravertidos), los otrovertidos observan la vida con distancia crítica, lo que les permite ser auténticos, sin la asfixiante presión de tener que complacer a la galería. Así, ante el desgaste emocional que suele suponer intentar encajar, ellos encuentran su fortaleza protegiendo su autenticidad de las presiones del grupo. Sociales en las distancias cortas, pero alérgicos a lo comunitario, con la empatía necesaria para conectar, pero rechazando el “pensamiento de rebaño” y las ideologías colectivas como si fueran una actualización de software obligatoria. Y esta independencia emocional no es un fallo del sistema, sino un superpoder que les otorga una asertividad superior y una libertad creativa envidiable para vivir bajo sus propios términos. En última instancia, el fenómeno otrovertido nos recuerda que la soledad no es una vía de escape, sino un espacio de libertad donde no encajar se convierte, paradójicamente, en el valor más poderoso. www.carloshidalgo.es

El efecto Forer

Seguro que alguna una vez hemos sentido que el horóscopo, o una lectura de cartas, nos han descrito perfectamente, con una sensación de coincidencia absoluta. En psicología, este fenómeno se denomina efecto Forer o efecto Barnum. Este concepto, también conocido como falacia de validación personal, explica por qué algunas personas aceptan descripciones vagas y genéricas como si estuvieran hechas específicamente a su medida. Este constructo se originó en 1948, cuando el psicólogo Bertram Forer, realizó un experimento con sus alumnos entregándoles un supuesto análisis de personalidad individualizado tras realizarles un test. En realidad, todos recibieron el mismo texto compuesto por frases de horóscopos. Sorprendentemente, los estudiantes calificaron la exactitud del análisis con una media de 4,26 sobre 5, convencidos de que el texto reflejaba su carácter único. Esta trampa mental se apoya en tres pilares: la vaguedad de las afirmaciones, su universalidad (siempre suelen ser rasgos positivos) y nuestra sed de validación personal. Nuestro cerebro, experto en buscar patrones, utiliza el sesgo de confirmación para filtrar solo lo que nos gusta y descartar lo que no encaja. Es el triunfo del wishful thinking (pensamiento deseoso), que nos lleva a considerar cierto lo que nos gustaría que fuera verdad, especialmente si son atributos positivos. Quienes atraviesan momentos de inseguridad son blancos más fáciles, pues buscan en estas palabras un refugio de certeza. Para no ser víctimas de este espejismo, es vital cuestionar la autoridad de la fuente y desconfiar de esas descripciones «doble cara», ambiguas y generalistas, que parecen decir mucho sin decir nada. Al final, la mente es un sastre experto en ajustar cualquier traje prestado hasta que parece hecho a medida. www.carloshidalgo.es

Todos somos Punch

Setenta años después de que la psicología demostrara que el afecto es una necesidad biológica tan vital como el alimento, un macaco japonés llamado Punch, ha vuelto a poner la teoría sobre la mesa. Su historia, no es solo un caso de éxito veterinario, es una lección magistral sobre cómo el cerebro de un primate (incluido el nuestro) recurre a sustitutos táctiles para sobrevivir emocionalmente al aislamiento y a la ansiedad social. Tras ser rechazado por su madre, este primate encontró consuelo en un peluche de orangután, un gesto que ha desatado una oleada de empatía global en las redes sociales. Sin embargo, desde la psicología, el caso de Punch no es una simple curiosidad viral, sino una ventana científica a las necesidades más profundas de nuestra especie. Su comportamiento valida los experimentos realizados hace décadas, donde se demostró que el “vínculo de apego” no nace de la alimentación, sino de una necesidad biológica de contacto físico y seguridad emocional. Así, Punch no solo abraza un juguete, sino que utiliza un sustituto táctil para autorregular su sistema nervioso y sobrevivir emocionalmente ante la falta de un referente real. Y, al igual que Punch se aferra a su peluche para mitigar la ansiedad por exclusión, millones de personas buscan refugio en las inteligencias artificiales conversacionales, herramientas que ofrecen una interacción predecible, sin juicios ni rechazos. No obstante, el desafío es evitar que estos refugios se vuelvan permanentes, pues la madurez emocional implica transitar desde la seguridad de lo artificial hacia la complejidad de lo real. Su historia nos recuerda pues que, aunque lo artificial nos ayuda a resistir, solo lo auténtico nos permite realmente pertenecer. www.carloshidalgo.es

El fenómeno Therian Cada vez es más frecuente ver en redes sociales a jóvenes andando a cuatro patas, con cola y máscaras artesanales, simulando comportamientos animales como correr, saltar o marcar territorio. Son los Therians, término derivado del griego therion (bestia) y anthropos (humano), que define a individuos que sienten que su esencia interna pertenece a un animal, a pesar de ser plenamente conscientes de su realidad biológica y social. La mayoría mantiene su funcionalidad, sin afectar sus vínculos significativos (familia y amigos), mientras conservan su estabilidad emocional, sin desorganización mental, ni angustia existencial. Lejos de ser un simple disfraz o una desconexión clínica con la realidad, el fenómeno se manifiesta más como una construcción identitaria profunda. Que muchos adolescentes se identifiquen con lo mismo no es casual, pero tampoco significa que todos estén atravesando por lo mismo. Así, la superficie visual no debe distraernos de una pregunta esencial: ¿qué necesidades emocionales buscan satisfacer? Como todo fenómeno colectivo, el movimiento Therian se nutre de motivaciones subjetivas diversas: desde la búsqueda de refugio ante la exclusión social y la necesidad de pertenencia, hasta herramientas de regulación emocional o la exploración identitaria propia de la adolescencia. Y, aunque las redes son un espacio de creatividad, expresión identitaria y sentido de pertenencia, la “viralidad” rara vez favorece la comprensión profunda de aquello que se expone. En este entorno, quienes se adhieren a determinadas “modas” se exponen al juicio inmediato, al escarnio o a la burla de quienes observan sin intentar discernir las motivaciones intrínsecas que impulsan esa conducta. El riesgo aumenta cuando el algoritmo actúa como una cámara de eco, porque lo viral no solo expone, sino que también cristaliza estigmas. www.carloshidalgo.es

Carpe diem

Carpe diem es una expresión repetida con frecuencia, pero pocas veces comprendida en su sentido más profundo. Tradicionalmente se traduce como “disfruta del momento”, sin embargo, en las Odas del poeta Horacio, su significado es más exigente refiriéndose a “cosechar el día”. No se trataría tanto de entregarse al placer inmediato, sino de asumir la responsabilidad de actuar en el presente, sin aplazar lo esencial. Es decir, más que una llamada al hedonismo desenfrenado, buscando la gratificación instantánea, sin importar los excesos y sus consecuencias, es más una reflexión sobre la madurez, la responsabilidad sobre el propio tiempo y la valoración consciente del aquí y ahora. Por lo tanto, hablaríamos más de una felicidad basada en la ataraxia, del griego «sin perturbaciones». Porque para los filósofos estoicos la felicidad no es la euforia, sino el estado de paz mental y equilibrio que termina convirtiéndose en ataraxia como paso previo de la felicidad duradera. Una fortaleza interior que permite mantener la calma ante la adversidad, cultivada mediante la razón y el control de las pasiones. Vivir el carpe diem pues implica estar a la altura del momento cuando este pase, habiendo sembrado antes lo necesario para poder cosechar. Porque nadie recoge frutos sin haber trabajado antes la tierra y, de la misma manera, nadie puede esperar resultados sin haber actuado con coherencia y constancia. En resumen, Carpe diem, quam minimum credula postero no es una llamada a la evasión, ni a la fruición, sino a la acción consciente, a vivir con responsabilidad, a no desperdiciar lo que está en nuestras manos y a construir día a día la vida que queremos cosechar. www.carloshidalgo.es

El síndrome de Calimero

Todos conocemos a personas que no expresan quejas, sino que viven en ellas. Gente que se caracteriza por el fatalismo y el lamento persistente. Un Calimero, vamos. Calimero era un pollito gruñón, de color negro, el único de una familia de pollitos amarillos, que se caracterizaba por llevar medio cascarón de huevo en la cabeza y exclamar siempre: “¡Es una injusticia!”. Este personaje de dibujos animados, ha dado pie al síndrome de su mismo nombre, para referirse a las personas inconformistas que muestran siempre una sensación de descontento general. Este síndrome, no es solo una inclinación al pesimismo o la negatividad, sino una estructura defensiva basada en la victimización crónica. Quienes lo padecen, no solo habitan en la pesadumbre, sino que la utilizan como un escudo (como ese icónico cascarón roto que lleva sobre la cabeza) ante un mundo que perciben aciago y hostil. Lo curioso es que el foco de su malestar suele posarse en nimiedades. Un café demasiado caliente o una lluvia inoportuna es motivo suficiente para demostrar una inquina universal. El origen de esta sensación constante de injusticia e infortunio, suele estar en un pasado emocionalmente conflictivo marcado por experiencias injustas en su infancia o adolescencia que no llegaron a solventar, como falta de atención, humillación, rechazo o abandono. Sin embargo, hay una minoría que busca simplemente llamar la atención teatralizando y protestando todo el tiempo, con tal de ser la estrella, buscando ser el centro de atención. En realidad, estos pseudocalimeros, no tienen el cascaron roto, es más bien una estrategia surgida de su necesidad crónica de protagonismo, aterrándoles ser un personaje secundario en la vida de los demás. www.carloshidalgo.es

El Mariscal Tito Ahora, que andamos huérfanos de líderes carismáticos, vendría bien recordar que se cumplen 25 años del comienzo del conflicto de los Balcanes. El personaje más importante de esa extinta Yugoslavia, y uno de los más importantes del siglo XX fue el mariscal Josip Broz Tito. Su presencia, como símbolo unificador, permitió mantener unidas a las diversas nacionalidades que conformaban Yugoslavia. Además, fue el primero en desafiar la hegemonía de Moscú, enfrentándose al propio Stalin cuando abandonó el Kominform (organización comunista bajo el liderazgo de la URSS). Yugoslavia, aún siendo comunista, escapaba del control soviético, lo que sabiendo como se las gastaba Stalin (que purgaba mejor que un laxante), era una amenaza para el mismo Tito. El mandatario soviético, cansado de él, ordenó hasta 20 operaciones para acabar con el líder yugoslavo. Desde enviar un agente de la KGB para liberar una bacteria pulmonar a través de un dispositivo oculto, hasta dispararle en una visita a Londres o envenenarlo con gas letal al abrir una caja regalo. Tito, harto de Stalin, le escribió una carta con el siguiente mensaje: “Deja de mandar gente a matarme. Si no dejas de enviar asesinos, yo mandaré uno a Moscú, y no tendré que remitir un segundo”. Stalin dejó de enviar agentes. Tal fue el alcance de Tito a nivel mundial, que su funeral de estado fue el más grande de la historia (tras el de Juan Pablo II y Nelson Mandela) por la concentración de dignatarios: cuatro reyes, treinta y un presidentes, seis príncipes y decenas de primeros ministros, de ambos lados del Telón de Acero. Al poco de fallecer, Yugoslavia se disolvió, iniciando una cruenta guerra civil. www.carloshidalgo.es

Fortalezas mentales de otro tiempo Un reciente estudio sugiere que quienes crecieron entre las décadas de los 60 y 70 desarrollaron fortalezas mentales que hoy están en declive. Diversos especialistas advierten que la actual inmersión en la tecnología, la inteligencia artificial y las redes sociales, está erosionando habilidades vitales básicas. Las fortalezas de las que se habla son la capacidad para regular las emociones, la satisfacción con lo que se tiene, la tolerancia a la incomodidad, la concentración y la gestión directa de conflictos. En el pasado, el aburrimiento no se consideraba un vacío que llenar, sino un catalizador para la creatividad y la introspección. Esa espera entrenaba la calma y fomentaba una toma de decisiones más reflexiva. Asimismo, la frustración era un componente natural del aprendizaje; ante la ausencia de recompensas inmediatas, el fracaso se integraba como un peldaño necesario hacia la madurez. Este entorno forjaba una resiliencia sólida y una capacidad superior para regular las emociones frente a la adversidad. Del mismo modo, crecer con menos bienes materiales fomentó una satisfacción mayor con lo que se tenía y una expectativa más realista sobre la vida. En cuanto a la capacidad cognitiva, las actividades que requerían atención sostenida (lectura y escritura) fortalecían la concentración y la atención, a diferencia de la atención fragmentada que imponen los algoritmos actuales. Finalmente, el “cara a cara” con el que se solucionaban los conflictos (frente a las pantallas de hoy) obligaba a desarrollar la escucha activa y la interpretación del lenguaje no verbal, herramientas esenciales de la inteligencia emocional. Este debate no se plantea como una crítica nostálgica, sino como una reflexión sobre cómo el contexto puede moldear la mente humana. www.carloshidalgo.es