CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El Mesías naranja

Donald Trump ha vuelto a sacudir las redes sociales con una maniobra tan efímera como impactante. El presidente ha compartido una imagen, generada por Inteligencia Artificial, en la que se presenta a sí mismo como El Mesías. Borrar la publicación horas después, no fue un acto de arrepentimiento, sino un tirar la piedra y esconder la mano, de quien sabe que el algoritmo hará el trabajo sucio de alimentar el fervor de sus fieles. Este movimiento no llega en el vacío, sino tras sus ataques al Papa, criticando su postura ante el conflicto en Irán, llegando incluso a decir que “lo eligieron gracias a mí”. Trump está decidido a encarnar la versión moderna de El Mesías, aunque envuelto en laca, corbatas infinitas y retórica de matón de barrio. Busca con frecuencia el foco mediático para castigar a cualquiera que no le rinda pleitesía, presentándose como el Salvador de la humanidad. Para él, el mundo no es un escenario, sino un espejo donde solo existe espacio para su figura y su ego. Este narcicista con tupé inquebrantable, ha decidido que la realidad es una molestia menor en su camino a la divinidad. Lo más irónico de este delirio de omnipotencia (se equiparó a Jesucristo esta Semana Santa) es que su furia épica está siendo el mejor regalo para China, justo lo contrario de lo que intenta conseguir. Parece que dinamitar la arquitectura política internacional no te hace más fuerte, solo te deja más solo en la roca. El reciente choque con Giorgia Meloni, ha demostrado que no admite aliados, sino feligreses, pues el NO, no lo considera una respuesta política, sino una blasfemia. www.carloshidalgo.es

Sanar no es borrar

Nadie que suba a la Acrópolis lo hace esperando encontrar un edificio a estrenar, con el mármol pulido, paredes lisas, pintura fresca y esquinas perfectas. Nadie mira el Partenón y se lamenta por sus columnas incompletas o sus frisos desgastados por el viento. Al contrario, son precisamente esas grietas, las marcas del tiempo y las cicatrices de su historia, lo que le otorga su carácter imponente viéndolo, no como una ruina, sino como un monumento a la resiliencia. A menudo, las personas cargan con sus heridas emocionales como si fueran estigmas de insuficiencia. Y es que existe la creencia errónea de que el valor humano reside en la perfección, en una especie de mito de integridad prístina donde, por una falsa pulcritud psicológica, creemos que cualquier trauma en nuestra historia personal disminuye nuestro valor, sin espacio para el error o el trauma. Pero la integridad no es sinónimo de indemnidad. La metáfora del Partenón nos invita a cambiar esta perspectiva, pues nuestras cicatrices, visibles o invisibles, no son señales de debilidad, sino prueba irrefutable de que hemos vivido, de que hemos resistido y de que seguimos en pie. Sanar, por tanto, no es activar un borrador mágico que elimine el pasado. Es, más bien, aprender a mirar nuestras cicatrices con la misma reverencia con la que miramos el mármol griego. Las marcas pues no son pruebas de que estamos “rotos”, sino experiencias que nos otorgan una profundidad y dignidad que la perfección estática jamás podría igualar. Porque nuestro valor no reside en estar intacto, sino en la historia que cuentan nuestras heridas. Y, a menudo, caminamos por la vida intentando ocultar esas fisuras. www.carloshidalgo.es

1.440 versus 2

Imagina que vas por la calle con 1.440 euros en el bolsillo. Un carterista, con la agilidad de un ninja, te birla una moneda de dos euros. Lo normal es soltar un improperio creativo, quizás mencionar a la familia del susodicho, y seguir caminando. Lo que nadie en su sano juicio haría es sacar los 1.438 euros restantes, apilarlos en una hoguera improvisada y marcarse un baile ritual alrededor de la pira, mientras arden. Pues bien, como psicólogo te aseguro que somos expertos en este tipo de piromanía emocional. Cada día, la vida nos regala 1.440 minutos, pero un correo pasivo-agresivo, un semáforo en rojo, un comentario mordaz, una pareja caminando despacio delante de nosotros cuando tenemos prisa o un desplante en el supermercado (sucesos que no duran más de 2 minutos), nos pueden robar la paz. Es una distorsión cognitiva, sazonada con un sesgo de negatividad, que a nuestros antepasados les servía para no ser el postre de un tigre, pero que a nosotros nos deja K.O. por un café tibio. El pico de cortisol de un enfado momentáneo apenas dura unos minutos, el resto del tiempo que pasamos rumiando es una elección de nuestro propio sistema de procesamiento. Y podemos elegir no enfadarnos. Perder dos minutos es un contratiempo, regalar los otros 1.438 a la amargura es un error de contabilidad que no nos podemos permitir. Así que, la próxima vez que alguien te «robe» un par de minutos con un comentario impertinente, respira, cierra la cartera y sigue caminando. Al fin y al cabo, todavía eres inmensamente rico en tiempo. No quemes tu fortuna por un poco de calderilla. www.carloshidalgo.es

El recuerdo eufórico

En ocasiones, tras una ruptura amorosa, nuestra memoria funciona como el redactor de folletos de una agencia de viajes que decide convertir la relación liquidada en un destino de ensueño: fotos de playas sin algas, atardeceres sin nubes y actividades para parejas felices, omitiendo con discreción los hacinamientos, los mosquitos y el retraso del vuelo. Mientras en la portada todo parece un paraíso, en la letra pequeña, que el “redactor” no quiso escribir, figuran reproches, burlas, silencios que pesan como plomo, domingos fríos, promesas incumplidas, pequeñas humillaciones, discusiones que nunca llegaron a acuerdos, empujones verbales, noches en vela… Esto es lo que la psicología llama el recuerdo eufórico. Tras la ruptura, el cerebro, privado de su dosis habitual de oxitocina, entra en pánico y decide que cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente porque era conocido. Es el equivalente mental a tener hambre a las tres de la mañana y, de repente, el sándwich reseco de la nevera, parece un manjar con estrella Michelín. Pero no nos engañemos, el sándwich sigue estando seco y nosotros solo un vacío que llenar. El problema es que este sesgo alimenta el miedo a tomar una decisión equivocada, convirtiendo la nostalgia es nuestra brújula, cuando en realidad es solo química intentando ahorrarnos el esfuerzo de la incertidumbre. Así, el arrepentimiento que suele venir cuando formalizamos una ruptura amorosa, no suele nacer de un error real, sino de comparar un presente difícil, con un pasado que nunca existió tal como lo recordamos ahora. Y, seguramente, si abandonamos el barco fue porque estaba haciendo aguas, por mucho que ahora la nostalgia transforme un naufragio en un crucero de lujo. www.carloshidalgo.es

Los otrovertidos

Desde el siglo V a. C., cuando Hipócrates nos dividió en cuatro temperamentos y la astrología decidió que nuestro destino dependía de doce constelaciones, los humanos hemos sentido una fascinación casi obsesiva por encasillarnos. Sin embargo, la psiqué no es un interruptor binario de “encendido” o “apagado”. Por eso, frente a la vetusta dicotomía entre el ermitaño introvertido y el “alma de la fiesta” extravertido, surge un perfil más sutil y refrescante: el otrovertido. Este término hace referencia a esa persona comprensiva y amigable que cae bien a todos, pero tiene la costumbre de ser impermanente en los grupos sociales, al no tener la necesidad de “pertenecer” a toda costa. Mientras el resto de mortales busca recargarse de energía en el aislamiento (introvertidos) o en el bullicio de la gente (extravertidos), los otrovertidos observan la vida con distancia crítica, lo que les permite ser auténticos, sin la asfixiante presión de tener que complacer a la galería. Así, ante el desgaste emocional que suele suponer intentar encajar, ellos encuentran su fortaleza protegiendo su autenticidad de las presiones del grupo. Sociales en las distancias cortas, pero alérgicos a lo comunitario, con la empatía necesaria para conectar, pero rechazando el “pensamiento de rebaño” y las ideologías colectivas como si fueran una actualización de software obligatoria. Y esta independencia emocional no es un fallo del sistema, sino un superpoder que les otorga una asertividad superior y una libertad creativa envidiable para vivir bajo sus propios términos. En última instancia, el fenómeno otrovertido nos recuerda que la soledad no es una vía de escape, sino un espacio de libertad donde no encajar se convierte, paradójicamente, en el valor más poderoso. www.carloshidalgo.es

El efecto Forer

Seguro que alguna una vez hemos sentido que el horóscopo, o una lectura de cartas, nos han descrito perfectamente, con una sensación de coincidencia absoluta. En psicología, este fenómeno se denomina efecto Forer o efecto Barnum. Este concepto, también conocido como falacia de validación personal, explica por qué algunas personas aceptan descripciones vagas y genéricas como si estuvieran hechas específicamente a su medida. Este constructo se originó en 1948, cuando el psicólogo Bertram Forer, realizó un experimento con sus alumnos entregándoles un supuesto análisis de personalidad individualizado tras realizarles un test. En realidad, todos recibieron el mismo texto compuesto por frases de horóscopos. Sorprendentemente, los estudiantes calificaron la exactitud del análisis con una media de 4,26 sobre 5, convencidos de que el texto reflejaba su carácter único. Esta trampa mental se apoya en tres pilares: la vaguedad de las afirmaciones, su universalidad (siempre suelen ser rasgos positivos) y nuestra sed de validación personal. Nuestro cerebro, experto en buscar patrones, utiliza el sesgo de confirmación para filtrar solo lo que nos gusta y descartar lo que no encaja. Es el triunfo del wishful thinking (pensamiento deseoso), que nos lleva a considerar cierto lo que nos gustaría que fuera verdad, especialmente si son atributos positivos. Quienes atraviesan momentos de inseguridad son blancos más fáciles, pues buscan en estas palabras un refugio de certeza. Para no ser víctimas de este espejismo, es vital cuestionar la autoridad de la fuente y desconfiar de esas descripciones «doble cara», ambiguas y generalistas, que parecen decir mucho sin decir nada. Al final, la mente es un sastre experto en ajustar cualquier traje prestado hasta que parece hecho a medida. www.carloshidalgo.es

Todos somos Punch

Setenta años después de que la psicología demostrara que el afecto es una necesidad biológica tan vital como el alimento, un macaco japonés llamado Punch, ha vuelto a poner la teoría sobre la mesa. Su historia, no es solo un caso de éxito veterinario, es una lección magistral sobre cómo el cerebro de un primate (incluido el nuestro) recurre a sustitutos táctiles para sobrevivir emocionalmente al aislamiento y a la ansiedad social. Tras ser rechazado por su madre, este primate encontró consuelo en un peluche de orangután, un gesto que ha desatado una oleada de empatía global en las redes sociales. Sin embargo, desde la psicología, el caso de Punch no es una simple curiosidad viral, sino una ventana científica a las necesidades más profundas de nuestra especie. Su comportamiento valida los experimentos realizados hace décadas, donde se demostró que el “vínculo de apego” no nace de la alimentación, sino de una necesidad biológica de contacto físico y seguridad emocional. Así, Punch no solo abraza un juguete, sino que utiliza un sustituto táctil para autorregular su sistema nervioso y sobrevivir emocionalmente ante la falta de un referente real. Y, al igual que Punch se aferra a su peluche para mitigar la ansiedad por exclusión, millones de personas buscan refugio en las inteligencias artificiales conversacionales, herramientas que ofrecen una interacción predecible, sin juicios ni rechazos. No obstante, el desafío es evitar que estos refugios se vuelvan permanentes, pues la madurez emocional implica transitar desde la seguridad de lo artificial hacia la complejidad de lo real. Su historia nos recuerda pues que, aunque lo artificial nos ayuda a resistir, solo lo auténtico nos permite realmente pertenecer. www.carloshidalgo.es

El fenómeno Therian Cada vez es más frecuente ver en redes sociales a jóvenes andando a cuatro patas, con cola y máscaras artesanales, simulando comportamientos animales como correr, saltar o marcar territorio. Son los Therians, término derivado del griego therion (bestia) y anthropos (humano), que define a individuos que sienten que su esencia interna pertenece a un animal, a pesar de ser plenamente conscientes de su realidad biológica y social. La mayoría mantiene su funcionalidad, sin afectar sus vínculos significativos (familia y amigos), mientras conservan su estabilidad emocional, sin desorganización mental, ni angustia existencial. Lejos de ser un simple disfraz o una desconexión clínica con la realidad, el fenómeno se manifiesta más como una construcción identitaria profunda. Que muchos adolescentes se identifiquen con lo mismo no es casual, pero tampoco significa que todos estén atravesando por lo mismo. Así, la superficie visual no debe distraernos de una pregunta esencial: ¿qué necesidades emocionales buscan satisfacer? Como todo fenómeno colectivo, el movimiento Therian se nutre de motivaciones subjetivas diversas: desde la búsqueda de refugio ante la exclusión social y la necesidad de pertenencia, hasta herramientas de regulación emocional o la exploración identitaria propia de la adolescencia. Y, aunque las redes son un espacio de creatividad, expresión identitaria y sentido de pertenencia, la “viralidad” rara vez favorece la comprensión profunda de aquello que se expone. En este entorno, quienes se adhieren a determinadas “modas” se exponen al juicio inmediato, al escarnio o a la burla de quienes observan sin intentar discernir las motivaciones intrínsecas que impulsan esa conducta. El riesgo aumenta cuando el algoritmo actúa como una cámara de eco, porque lo viral no solo expone, sino que también cristaliza estigmas. www.carloshidalgo.es

Carpe diem

Carpe diem es una expresión repetida con frecuencia, pero pocas veces comprendida en su sentido más profundo. Tradicionalmente se traduce como “disfruta del momento”, sin embargo, en las Odas del poeta Horacio, su significado es más exigente refiriéndose a “cosechar el día”. No se trataría tanto de entregarse al placer inmediato, sino de asumir la responsabilidad de actuar en el presente, sin aplazar lo esencial. Es decir, más que una llamada al hedonismo desenfrenado, buscando la gratificación instantánea, sin importar los excesos y sus consecuencias, es más una reflexión sobre la madurez, la responsabilidad sobre el propio tiempo y la valoración consciente del aquí y ahora. Por lo tanto, hablaríamos más de una felicidad basada en la ataraxia, del griego «sin perturbaciones». Porque para los filósofos estoicos la felicidad no es la euforia, sino el estado de paz mental y equilibrio que termina convirtiéndose en ataraxia como paso previo de la felicidad duradera. Una fortaleza interior que permite mantener la calma ante la adversidad, cultivada mediante la razón y el control de las pasiones. Vivir el carpe diem pues implica estar a la altura del momento cuando este pase, habiendo sembrado antes lo necesario para poder cosechar. Porque nadie recoge frutos sin haber trabajado antes la tierra y, de la misma manera, nadie puede esperar resultados sin haber actuado con coherencia y constancia. En resumen, Carpe diem, quam minimum credula postero no es una llamada a la evasión, ni a la fruición, sino a la acción consciente, a vivir con responsabilidad, a no desperdiciar lo que está en nuestras manos y a construir día a día la vida que queremos cosechar. www.carloshidalgo.es

El síndrome de Calimero

Todos conocemos a personas que no expresan quejas, sino que viven en ellas. Gente que se caracteriza por el fatalismo y el lamento persistente. Un Calimero, vamos. Calimero era un pollito gruñón, de color negro, el único de una familia de pollitos amarillos, que se caracterizaba por llevar medio cascarón de huevo en la cabeza y exclamar siempre: “¡Es una injusticia!”. Este personaje de dibujos animados, ha dado pie al síndrome de su mismo nombre, para referirse a las personas inconformistas que muestran siempre una sensación de descontento general. Este síndrome, no es solo una inclinación al pesimismo o la negatividad, sino una estructura defensiva basada en la victimización crónica. Quienes lo padecen, no solo habitan en la pesadumbre, sino que la utilizan como un escudo (como ese icónico cascarón roto que lleva sobre la cabeza) ante un mundo que perciben aciago y hostil. Lo curioso es que el foco de su malestar suele posarse en nimiedades. Un café demasiado caliente o una lluvia inoportuna es motivo suficiente para demostrar una inquina universal. El origen de esta sensación constante de injusticia e infortunio, suele estar en un pasado emocionalmente conflictivo marcado por experiencias injustas en su infancia o adolescencia que no llegaron a solventar, como falta de atención, humillación, rechazo o abandono. Sin embargo, hay una minoría que busca simplemente llamar la atención teatralizando y protestando todo el tiempo, con tal de ser la estrella, buscando ser el centro de atención. En realidad, estos pseudocalimeros, no tienen el cascaron roto, es más bien una estrategia surgida de su necesidad crónica de protagonismo, aterrándoles ser un personaje secundario en la vida de los demás. www.carloshidalgo.es