CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

“Cuando el zorro llora, cuenta tus ovejas” Este viejo proverbio árabe nos recuerda que, en el complejo teatro de nuestras relaciones, la vulnerabilidad no siempre es una invitación a la conexión; a veces, es el disfraz más efectivo de quien busca ventaja. Vivimos en una era que valora mucho la apertura emocional, pero esa misma virtud tiene un ángulo muerto peligroso, pues la empatía, siendo una gran fortaleza, si no tiene un filtro de discernimiento, se puede convertir en una grieta de seguridad. El “zorro” moderno no siempre ataca de frente, ni muestra los dientes; a menudo llega con los ojos empañados y una narrativa de injusticias que lo posiciona como la eterna víctima, donde su llanto no es una descarga emocional, sino una táctica de asalto. Mientras nos deshacemos en gestos de ayuda, movidos por la compasión, él está evaluando el valor de nuestros recursos. Es una jugada de asimetría emocional: usar una debilidad fingida para obtener un poder real sobre nuestro tiempo, energía o confianza. Entender esto no debe convertirnos en eremitas, sino en personas con una inteligencia emocional blindada. Cuidar el rebaño, que representa nuestra paz mental, límites e integridad, no es un acto de egoísmo, sino un ejercicio de responsabilidad personal. Se trata de ofrecer nuestro apoyo, sin tener que entregar las llaves de nuestra estabilidad. El zorro llora mucho y llora mejor cuando tiene público; cuando alguien, lo suficientemente ingenuo, ha comprado una entrada para su teatro. Pero recordemos que su objetivo no es el consuelo, sino la distracción. Y no tenemos la obligación de incendiarnos para que otros entren en calor. Porque ser bueno no es lo mismo que ser ingenuo . www.carloshidalgo.es

Justicia con narcolepsia

En España la Justicia no es ciega, sino que padece una narcolepsia selectiva. El reciente episodio protagonizado por la Audiencia Nacional y el Molt Honorable Jordi Pujol no es solo una noticia judicial, es la culminación de una obra de arte de escapismo institucional. Tras doce años de instrucción, tiempo suficiente para que un recién nacido llegue a tener acné juvenil, el Estado ha decidido que la biología ha ganado la carrera. La Justicia, capaz de perseguir con saña el olvido de un decimal en la declaración de un autónomo, observa con una calma casi zen, cómo una instrucción judicial bosteza durante doce años. Estamos ante lo que podríamos llamar el Indulto Biológico, una nueva etapa del desarrollo donde el deterioro cognitivo no es una desgracia, sino una brillante estrategia de afrontamiento. Resulta poético, en un sentido macabro, que el arquitecto de un sistema basado en el “porcentaje” (el 3%) termine su carrera pública no con un veredicto, sino con un certificado médico que lo excluye de toda responsabilidad. Este caso es la sesión de choque definitiva para que el ciudadano español termine de interiorizar su indefensión aprendida. En este experimento, el súbdito de a pie recibe descargas eléctricas constantes en forma de multas, inspecciones de Hacienda y burocracia asfixiante, hasta aprender que no hay escape, pues el sistema es rápido, eficiente y punitivo. Sin embargo, a otros Honorables vecinos, se les permite dormir la siesta durante doce años hasta que su biología los vuelve intocables. Desde la psicología esto supone el fin de la motivación para el contribuyente feudatario. Descanse en paz la responsabilidad penal de Jordi Pujol. www.carloshidalgo.es

Museos del alma Hace 40 años se aprobó una Ley por la cual los encerrados en “manicomios” pasaron a ser ciudadanos con derechos propios y a recibir una atención adecuada. Hasta entonces, estos eran museos del alma, lugares tétricos donde la excentricidad se pagaba con el aislamiento. Dudoso de su funcionalidad, el psicólogo David Rosenhannn (en 1973), ejecutó un experimento que sacudió los cimientos de la psiquiatría. Para comprobar si la cordura era una condición objetiva o una etiqueta colgada por un observador prejuicioso, envió a ocho personas sanas (incluido el mismo) a diversos sanatorios americanos con una instrucción mínima: fingir que escuchaban una voz susurrando la palabra “vacío”. Formalizado su ingreso, debían dejar de fingir y comportarse con absoluta normalidad. Pero los facultativos ya les habían colgado la etiqueta de “enfermos” y, a partir de ese instante, cada gesto cotidiano era interpretado como un rasgo patológico Si al paciente le gustaba escribir, se le diagnosticaba con un trastorno compulsivo. Si se paseaba por los pasillos, se interpretaba como nerviosismo patológico. Si eran amables eran dependientes emocionales. Ningún doctor se dio cuenta de que eran impostores, solo los verdaderos ingresados descubrieron que estaban equilibrados. La única forma de salir fue admitir estar enfermo y tomar el tratamiento. El entorno hospitalario era capaz de “crear” locura donde no existía. Tal fue el escándalo que un hospital retó a Rosenhann a enviar nuevos impostores, convencidos de que no fallarían. Tres meses después dijeron que habían encontrado a 41 infiltrados. Lo gracioso es que Rosenhann no envío a nadie. La paranoia institucional hizo el resto. Hoy, al recordar aquella Ley, celebramos que la dignidad finalmente prevaleció sobre el estigma y la ceguera clínica. www.carloshidalgo.es

El Mesías naranja

Donald Trump ha vuelto a sacudir las redes sociales con una maniobra tan efímera como impactante. El presidente ha compartido una imagen, generada por Inteligencia Artificial, en la que se presenta a sí mismo como El Mesías. Borrar la publicación horas después, no fue un acto de arrepentimiento, sino un tirar la piedra y esconder la mano, de quien sabe que el algoritmo hará el trabajo sucio de alimentar el fervor de sus fieles. Este movimiento no llega en el vacío, sino tras sus ataques al Papa, criticando su postura ante el conflicto en Irán, llegando incluso a decir que “lo eligieron gracias a mí”. Trump está decidido a encarnar la versión moderna de El Mesías, aunque envuelto en laca, corbatas infinitas y retórica de matón de barrio. Busca con frecuencia el foco mediático para castigar a cualquiera que no le rinda pleitesía, presentándose como el Salvador de la humanidad. Para él, el mundo no es un escenario, sino un espejo donde solo existe espacio para su figura y su ego. Este narcicista con tupé inquebrantable, ha decidido que la realidad es una molestia menor en su camino a la divinidad. Lo más irónico de este delirio de omnipotencia (se equiparó a Jesucristo esta Semana Santa) es que su furia épica está siendo el mejor regalo para China, justo lo contrario de lo que intenta conseguir. Parece que dinamitar la arquitectura política internacional no te hace más fuerte, solo te deja más solo en la roca. El reciente choque con Giorgia Meloni, ha demostrado que no admite aliados, sino feligreses, pues el NO, no lo considera una respuesta política, sino una blasfemia. www.carloshidalgo.es

Sanar no es borrar

Nadie que suba a la Acrópolis lo hace esperando encontrar un edificio a estrenar, con el mármol pulido, paredes lisas, pintura fresca y esquinas perfectas. Nadie mira el Partenón y se lamenta por sus columnas incompletas o sus frisos desgastados por el viento. Al contrario, son precisamente esas grietas, las marcas del tiempo y las cicatrices de su historia, lo que le otorga su carácter imponente viéndolo, no como una ruina, sino como un monumento a la resiliencia. A menudo, las personas cargan con sus heridas emocionales como si fueran estigmas de insuficiencia. Y es que existe la creencia errónea de que el valor humano reside en la perfección, en una especie de mito de integridad prístina donde, por una falsa pulcritud psicológica, creemos que cualquier trauma en nuestra historia personal disminuye nuestro valor, sin espacio para el error o el trauma. Pero la integridad no es sinónimo de indemnidad. La metáfora del Partenón nos invita a cambiar esta perspectiva, pues nuestras cicatrices, visibles o invisibles, no son señales de debilidad, sino prueba irrefutable de que hemos vivido, de que hemos resistido y de que seguimos en pie. Sanar, por tanto, no es activar un borrador mágico que elimine el pasado. Es, más bien, aprender a mirar nuestras cicatrices con la misma reverencia con la que miramos el mármol griego. Las marcas pues no son pruebas de que estamos “rotos”, sino experiencias que nos otorgan una profundidad y dignidad que la perfección estática jamás podría igualar. Porque nuestro valor no reside en estar intacto, sino en la historia que cuentan nuestras heridas. Y, a menudo, caminamos por la vida intentando ocultar esas fisuras. www.carloshidalgo.es

1.440 versus 2

Imagina que vas por la calle con 1.440 euros en el bolsillo. Un carterista, con la agilidad de un ninja, te birla una moneda de dos euros. Lo normal es soltar un improperio creativo, quizás mencionar a la familia del susodicho, y seguir caminando. Lo que nadie en su sano juicio haría es sacar los 1.438 euros restantes, apilarlos en una hoguera improvisada y marcarse un baile ritual alrededor de la pira, mientras arden. Pues bien, como psicólogo te aseguro que somos expertos en este tipo de piromanía emocional. Cada día, la vida nos regala 1.440 minutos, pero un correo pasivo-agresivo, un semáforo en rojo, un comentario mordaz, una pareja caminando despacio delante de nosotros cuando tenemos prisa o un desplante en el supermercado (sucesos que no duran más de 2 minutos), nos pueden robar la paz. Es una distorsión cognitiva, sazonada con un sesgo de negatividad, que a nuestros antepasados les servía para no ser el postre de un tigre, pero que a nosotros nos deja K.O. por un café tibio. El pico de cortisol de un enfado momentáneo apenas dura unos minutos, el resto del tiempo que pasamos rumiando es una elección de nuestro propio sistema de procesamiento. Y podemos elegir no enfadarnos. Perder dos minutos es un contratiempo, regalar los otros 1.438 a la amargura es un error de contabilidad que no nos podemos permitir. Así que, la próxima vez que alguien te «robe» un par de minutos con un comentario impertinente, respira, cierra la cartera y sigue caminando. Al fin y al cabo, todavía eres inmensamente rico en tiempo. No quemes tu fortuna por un poco de calderilla. www.carloshidalgo.es

El recuerdo eufórico

En ocasiones, tras una ruptura amorosa, nuestra memoria funciona como el redactor de folletos de una agencia de viajes que decide convertir la relación liquidada en un destino de ensueño: fotos de playas sin algas, atardeceres sin nubes y actividades para parejas felices, omitiendo con discreción los hacinamientos, los mosquitos y el retraso del vuelo. Mientras en la portada todo parece un paraíso, en la letra pequeña, que el “redactor” no quiso escribir, figuran reproches, burlas, silencios que pesan como plomo, domingos fríos, promesas incumplidas, pequeñas humillaciones, discusiones que nunca llegaron a acuerdos, empujones verbales, noches en vela… Esto es lo que la psicología llama el recuerdo eufórico. Tras la ruptura, el cerebro, privado de su dosis habitual de oxitocina, entra en pánico y decide que cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente porque era conocido. Es el equivalente mental a tener hambre a las tres de la mañana y, de repente, el sándwich reseco de la nevera, parece un manjar con estrella Michelín. Pero no nos engañemos, el sándwich sigue estando seco y nosotros solo un vacío que llenar. El problema es que este sesgo alimenta el miedo a tomar una decisión equivocada, convirtiendo la nostalgia es nuestra brújula, cuando en realidad es solo química intentando ahorrarnos el esfuerzo de la incertidumbre. Así, el arrepentimiento que suele venir cuando formalizamos una ruptura amorosa, no suele nacer de un error real, sino de comparar un presente difícil, con un pasado que nunca existió tal como lo recordamos ahora. Y, seguramente, si abandonamos el barco fue porque estaba haciendo aguas, por mucho que ahora la nostalgia transforme un naufragio en un crucero de lujo. www.carloshidalgo.es

Los otrovertidos

Desde el siglo V a. C., cuando Hipócrates nos dividió en cuatro temperamentos y la astrología decidió que nuestro destino dependía de doce constelaciones, los humanos hemos sentido una fascinación casi obsesiva por encasillarnos. Sin embargo, la psiqué no es un interruptor binario de “encendido” o “apagado”. Por eso, frente a la vetusta dicotomía entre el ermitaño introvertido y el “alma de la fiesta” extravertido, surge un perfil más sutil y refrescante: el otrovertido. Este término hace referencia a esa persona comprensiva y amigable que cae bien a todos, pero tiene la costumbre de ser impermanente en los grupos sociales, al no tener la necesidad de “pertenecer” a toda costa. Mientras el resto de mortales busca recargarse de energía en el aislamiento (introvertidos) o en el bullicio de la gente (extravertidos), los otrovertidos observan la vida con distancia crítica, lo que les permite ser auténticos, sin la asfixiante presión de tener que complacer a la galería. Así, ante el desgaste emocional que suele suponer intentar encajar, ellos encuentran su fortaleza protegiendo su autenticidad de las presiones del grupo. Sociales en las distancias cortas, pero alérgicos a lo comunitario, con la empatía necesaria para conectar, pero rechazando el “pensamiento de rebaño” y las ideologías colectivas como si fueran una actualización de software obligatoria. Y esta independencia emocional no es un fallo del sistema, sino un superpoder que les otorga una asertividad superior y una libertad creativa envidiable para vivir bajo sus propios términos. En última instancia, el fenómeno otrovertido nos recuerda que la soledad no es una vía de escape, sino un espacio de libertad donde no encajar se convierte, paradójicamente, en el valor más poderoso. www.carloshidalgo.es

El efecto Forer

Seguro que alguna una vez hemos sentido que el horóscopo, o una lectura de cartas, nos han descrito perfectamente, con una sensación de coincidencia absoluta. En psicología, este fenómeno se denomina efecto Forer o efecto Barnum. Este concepto, también conocido como falacia de validación personal, explica por qué algunas personas aceptan descripciones vagas y genéricas como si estuvieran hechas específicamente a su medida. Este constructo se originó en 1948, cuando el psicólogo Bertram Forer, realizó un experimento con sus alumnos entregándoles un supuesto análisis de personalidad individualizado tras realizarles un test. En realidad, todos recibieron el mismo texto compuesto por frases de horóscopos. Sorprendentemente, los estudiantes calificaron la exactitud del análisis con una media de 4,26 sobre 5, convencidos de que el texto reflejaba su carácter único. Esta trampa mental se apoya en tres pilares: la vaguedad de las afirmaciones, su universalidad (siempre suelen ser rasgos positivos) y nuestra sed de validación personal. Nuestro cerebro, experto en buscar patrones, utiliza el sesgo de confirmación para filtrar solo lo que nos gusta y descartar lo que no encaja. Es el triunfo del wishful thinking (pensamiento deseoso), que nos lleva a considerar cierto lo que nos gustaría que fuera verdad, especialmente si son atributos positivos. Quienes atraviesan momentos de inseguridad son blancos más fáciles, pues buscan en estas palabras un refugio de certeza. Para no ser víctimas de este espejismo, es vital cuestionar la autoridad de la fuente y desconfiar de esas descripciones «doble cara», ambiguas y generalistas, que parecen decir mucho sin decir nada. Al final, la mente es un sastre experto en ajustar cualquier traje prestado hasta que parece hecho a medida. www.carloshidalgo.es

Todos somos Punch

Setenta años después de que la psicología demostrara que el afecto es una necesidad biológica tan vital como el alimento, un macaco japonés llamado Punch, ha vuelto a poner la teoría sobre la mesa. Su historia, no es solo un caso de éxito veterinario, es una lección magistral sobre cómo el cerebro de un primate (incluido el nuestro) recurre a sustitutos táctiles para sobrevivir emocionalmente al aislamiento y a la ansiedad social. Tras ser rechazado por su madre, este primate encontró consuelo en un peluche de orangután, un gesto que ha desatado una oleada de empatía global en las redes sociales. Sin embargo, desde la psicología, el caso de Punch no es una simple curiosidad viral, sino una ventana científica a las necesidades más profundas de nuestra especie. Su comportamiento valida los experimentos realizados hace décadas, donde se demostró que el “vínculo de apego” no nace de la alimentación, sino de una necesidad biológica de contacto físico y seguridad emocional. Así, Punch no solo abraza un juguete, sino que utiliza un sustituto táctil para autorregular su sistema nervioso y sobrevivir emocionalmente ante la falta de un referente real. Y, al igual que Punch se aferra a su peluche para mitigar la ansiedad por exclusión, millones de personas buscan refugio en las inteligencias artificiales conversacionales, herramientas que ofrecen una interacción predecible, sin juicios ni rechazos. No obstante, el desafío es evitar que estos refugios se vuelvan permanentes, pues la madurez emocional implica transitar desde la seguridad de lo artificial hacia la complejidad de lo real. Su historia nos recuerda pues que, aunque lo artificial nos ayuda a resistir, solo lo auténtico nos permite realmente pertenecer. www.carloshidalgo.es