CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El Mariscal Tito Ahora, que andamos huérfanos de líderes carismáticos, vendría bien recordar que se cumplen 25 años del comienzo del conflicto de los Balcanes. El personaje más importante de esa extinta Yugoslavia, y uno de los más importantes del siglo XX fue el mariscal Josip Broz Tito. Su presencia, como símbolo unificador, permitió mantener unidas a las diversas nacionalidades que conformaban Yugoslavia. Además, fue el primero en desafiar la hegemonía de Moscú, enfrentándose al propio Stalin cuando abandonó el Kominform (organización comunista bajo el liderazgo de la URSS). Yugoslavia, aún siendo comunista, escapaba del control soviético, lo que sabiendo como se las gastaba Stalin (que purgaba mejor que un laxante), era una amenaza para el mismo Tito. El mandatario soviético, cansado de él, ordenó hasta 20 operaciones para acabar con el líder yugoslavo. Desde enviar un agente de la KGB para liberar una bacteria pulmonar a través de un dispositivo oculto, hasta dispararle en una visita a Londres o envenenarlo con gas letal al abrir una caja regalo. Tito, harto de Stalin, le escribió una carta con el siguiente mensaje: “Deja de mandar gente a matarme. Si no dejas de enviar asesinos, yo mandaré uno a Moscú, y no tendré que remitir un segundo”. Stalin dejó de enviar agentes. Tal fue el alcance de Tito a nivel mundial, que su funeral de estado fue el más grande de la historia (tras el de Juan Pablo II y Nelson Mandela) por la concentración de dignatarios: cuatro reyes, treinta y un presidentes, seis príncipes y decenas de primeros ministros, de ambos lados del Telón de Acero. Al poco de fallecer, Yugoslavia se disolvió, iniciando una cruenta guerra civil. www.carloshidalgo.es

Fortalezas mentales de otro tiempo Un reciente estudio sugiere que quienes crecieron entre las décadas de los 60 y 70 desarrollaron fortalezas mentales que hoy están en declive. Diversos especialistas advierten que la actual inmersión en la tecnología, la inteligencia artificial y las redes sociales, está erosionando habilidades vitales básicas. Las fortalezas de las que se habla son la capacidad para regular las emociones, la satisfacción con lo que se tiene, la tolerancia a la incomodidad, la concentración y la gestión directa de conflictos. En el pasado, el aburrimiento no se consideraba un vacío que llenar, sino un catalizador para la creatividad y la introspección. Esa espera entrenaba la calma y fomentaba una toma de decisiones más reflexiva. Asimismo, la frustración era un componente natural del aprendizaje; ante la ausencia de recompensas inmediatas, el fracaso se integraba como un peldaño necesario hacia la madurez. Este entorno forjaba una resiliencia sólida y una capacidad superior para regular las emociones frente a la adversidad. Del mismo modo, crecer con menos bienes materiales fomentó una satisfacción mayor con lo que se tenía y una expectativa más realista sobre la vida. En cuanto a la capacidad cognitiva, las actividades que requerían atención sostenida (lectura y escritura) fortalecían la concentración y la atención, a diferencia de la atención fragmentada que imponen los algoritmos actuales. Finalmente, el “cara a cara” con el que se solucionaban los conflictos (frente a las pantallas de hoy) obligaba a desarrollar la escucha activa y la interpretación del lenguaje no verbal, herramientas esenciales de la inteligencia emocional. Este debate no se plantea como una crítica nostálgica, sino como una reflexión sobre cómo el contexto puede moldear la mente humana. www.carloshidalgo.es

Primeros auxilios emocionales

El terrible accidente ferroviario del domingo pasado nos dejó a todos conmocionados. En estas situaciones, la labor de los psicólogos de emergencias es fundamental, a pesar de que a veces pase desapercibida. Su intervención arranca en las primeras horas, cuando las personas afectadas están desbordadas, en estado de shock y con una sensación de irrealidad que impide comprender lo sucedido. La atención psicológica temprana suele marcar la diferencia entre un sufrimiento agudo y la aparición de trastornos más duraderos, como el estrés postraumático. La labor de estos profesionales no es aplicar terapias largas, ni realizar diagnósticos complejos, sino ofrecer estrategias de contención emocional y apoyo inmediato, pues el objetivo es reducir la sensación de amenaza, transmitir seguridad y ayudar a las víctimas a recuperar una mínima sensación de control, en medio del caos. Escuchar sin juzgar, validar el miedo, la tristeza y la rabia, y enseñar técnicas para regular la ansiedad, contribuyen a estabilizar a las personas y a disminuir el impacto psicológico del suceso. En psicología de emergencias, la “ventana de oportunidad” se refiere al periodo de tiempo inmediato que sigue a una catástrofe, generalmente las primeras horas, en el que la intervención psicológica tiene un impacto preventivo especialmente eficaz. En esa fase, el recuerdo del evento aún no está plenamente consolidado, de modo que el acompañamiento profesional facilita que la experiencia se integre en la memoria de forma menos reactiva y más adaptativa. Además, estos psicólogos también atienden al personal de rescate, expuesto a escenas extremas y a un alto desgaste emocional, por lo que visibilizar su trabajo es entender que, en el desastre, cuidar la mente es tan imprescindible como salvar vidas. www.carloshidalgo.es

La depresión invisible El pasado martes 13 se conmemoró el Día Mundial de la Depresión, una ocasión para recordar que el sufrimiento psicológico no siempre es visible, ya que muchas personas con depresión no simulan estar mal, fingen estar bien para evitar el estigma, el juicio ajeno o ser una carga para los demás. De ahí surge la llamada depresión sonriente: individuos que cumplen con sus responsabilidades, mantienen rutinas, sonríen en fotos y sostienen la vida cotidiana, mientras por dentro se sienten agotados y desbordados. Esta realidad obliga a diferenciar entre funcionar bien y estar bien. Desde fuera estas personas parecen estables pues trabajan, toman decisiones, mantienen vínculos y responden a las exigencias diarias, por lo que no se detecta ninguna señal que haga pensar que algo va mal. Mientras todo siga en pie, el malestar se minimiza y la autoexigencia ocupa el centro. Sin embargo, ese malestar existe en forma de cansancio crónico, tensión constante, desconexión emocional y una sensación de alerta constante. Sería algo así como un sufrimiento que convive con el rendimiento, sin interrumpirlo. En este punto, conviene recordar que el bienestar psicológico no se puede medir por la eficacia externa, sino por la experiencia interna: coherencia entre lo que se vive y se siente, energía vital, sentido, capacidad para regular las emociones y una relación amable con uno mismo. Por lo tanto, no es tanto lo que se hace, que cómo se vive aquello que se hace, pues esa aparente normalidad silencia la necesidad de apoyo, sin darnos cuenta que alargar ese ritmo tiene un tremendo desgaste psicológico. Porque estar bien, no es solo poder con todo; es sentirse en paz con la vida. www.carloshidalgo.es

Cuando grabar sustituye a sobrevivir

Todos seguimos en estado de shock por el incendio ocurrido, en Año Nuevo, en el bar de una estación de esquí suiza. Decenas de víctimas mortales y centenares de heridos graves, conforman el balance de la tragedia. Sin embargo, lo que ha provocado una profunda inquietud son las imágenes difundidas posteriormente. En ellas se observa a numerosos jóvenes grabando las llamas con sus teléfonos móviles sin huir, gritar o escapar. Algunos incluso continúan bailando. No es inconsciencia, es desconexión emocional. Parece que el uso excesivo del teléfono móvil ha suprimido un instinto primario del ser humano, el de la huida ante el peligro. La realidad ya no se vive, se graba. Resulta que, cuando una catástrofe se observa a través de una cámara, el cerebro introduce una distancia psicológica, actuando como una barrera protectora ilusoria que convierte a la persona en espectador, no en protagonista. Ante una amenaza, los mamíferos reaccionan de tres maneras: luchar, huir o paralizarse. Hoy, grabar se ha convertido en una forma moderna de congelamiento. Estos vídeos no son un fenómeno aislado. Son la continuación de las grabaciones de peleas, agresiones, escenas de acoso o selfies que terminan en tragedia. El valor ya no reside en la experiencia vivida, sino en poder afirmar: “yo estuve allí”. Mientras tanto, seguimos regalando teléfonos móviles a niños cada vez más pequeños, exponiéndolos durante miles de horas a una realidad mediada por pantallas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de asumir la urgencia de una educación digital que devuelva al cerebro empatía e instinto de supervivencia. Porque cuando un techo se incendia, grabar un vídeo no puede ser la prioridad. www.carloshidalgo.es

La tragedia de la ignorancia

Dicen que puedes convencer a cuarenta estudiosos con un solo hecho, pero no puedes convencer a un necio ni con cuarenta evidencias. La verdad, incluso cuando está bien argumentada, no siempre persuade. El obstáculo no es la falta de información, sino la falta de disposición para aceptarla, pues una mente cerrada no busca comprender, sino confirmar. Comprender exige un esfuerzo cognitivo y emocional, junto a aceptar la incomodidad de no tener razón. Porque la mente humana no funciona como un recipiente vacío que se llena de datos, sino como un sistema defensivo diseñado para proteger creencias, identidades y certezas previamente establecidas. Esa es la auténtica tragedia de la ignorancia. Una reciente encuesta asegura que el 15% de personas ha roto, en el último año, con amigos o familiares por discusiones políticas, y que 7 de cada 10 las esquiva para evitar conflictos. Este fenómeno se explica por la disonancia cognitiva, mecanismo que surge por la necesidad de mantener coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, pues cuando existe inconsistencia entre éstas, esa falta de armonía, genera malestar. De ahí que las personas tiendan a buscar información que confirme lo que ya piensan, y a rechazar o minimizar aquello que lo contradice. Por eso, la ignorancia no es pasiva, sino activa. No se nutre de la ausencia de verdad, sino de la terquedad. Cambiar de opinión exige humildad, y la humildad implica reconocer que uno pudo estar equivocado, algo que muchos viven como una amenaza a su identidad. Así, el verdadero sabio no malgasta su energía en discusiones estériles, pues la razón convence solo a quienes están dispuestos a escuchar.  www.carloshidalgo.es

Háblate bonito Equivocarse es una experiencia inevitable en la vida humana, pero la manera en que gestionamos esos errores determina en gran medida nuestro bienestar psicológico. La metáfora del GPS puede explicar lo anteriormente expuesto. Cuando tomamos una salida equivocada, la aplicación no nos recrimina ni nos insulta, simplemente recalcula y nos ofrece una nueva ruta. Desde la psicología, este ejemplo refleja la importancia de la autocompasión y la flexibilidad cognitiva. En lugar de caer en la autocrítica destructiva, podemos aprender a hablarnos con amabilidad y a considerar el error como una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. La autocrítica excesiva activa emociones como la culpa, la vergüenza o la frustración, que no solo deterioran la autoestima, sino que también limitan la capacidad de encontrar soluciones creativas. En cambio, adoptar una actitud de “recalcular” implica reconocer el error sin dramatizarlo, analizar lo sucedido y redirigir la conducta de nuevo. Este proceso fortalece la resiliencia, entendida como la capacidad de adaptarse positivamente a la adversidad. Además, los desvíos en el camino pueden abrir posibilidades inesperadas. Un error puede conducirnos a experiencias enriquecedoras o a aprendizajes que no habríamos encontrado en la ruta “correcta”. La clave está en mantener una mentalidad abierta y en confiar en que cada error puede tener un sentido constructivo. Hablarse bonito, no es un gesto superficial, sino una estrategia de regulación emocional, porque el lenguaje interno que utilizamos moldea la percepción de nosotros mismos y del mundo. Si nos tratamos con respeto y paciencia, cultivamos un entorno interno más seguro y motivador. Así, cada error deja de ser un fracaso y se convierte en un recordatorio de que siempre podemos “recalcular” y seguir adelante con mayor sabiduría. www.carloshidalgo.es

Cada crítica te delata

La transferencia espontánea de rasgos es un fenómeno psicológico que revela cómo el lenguaje moldea nuestra identidad. Se produce cuando, al atribuir características a otras personas, esos mismos atributos terminan reflejándose en nuestro propio carácter, sin que lo advirtamos. Cada vez que emitimos una crítica, el cerebro no solo registra el juicio como información externa, sino que lo vincula también con quien lo pronuncia. Así, al decir que alguien es un mentiroso, manipulador o falso, no estamos únicamente describiendo al otro, sino que estamos activando en nuestra mente esos rasgos, asociándolos con nosotros mismos. Este mecanismo descansa en el principio de que el lenguaje no solo comunica, sino que también define. El cerebro busca coherencia entre lo que decimos y quiénes somos, de modo que repetir juicios negativos refuerza redes neuronales que acaban integrando esos rasgos en nuestra autoimagen. Además, los oyentes también nos asignan inconscientemente las características que expresamos, lo que influye en la percepción social que los demás tienen de nosotros. Es como el dicho popular: cuando señalamos a alguien con un dedo, tres dedos nos señalan a nosotros. Este fenómeno se relaciona con la proyección, un mecanismo de defensa en el que atribuimos a otros lo que no queremos reconocer, explorar o aceptar en nosotros mismos. Debido a que el lenguaje que usamos no solo tiene poder sobre los demás, sino sobre nosotros mismos, conviene cultivar un lenguaje más empático y reflexivo. No se trata de evitar toda crítica, sino de entender que cada juicio es también una declaración sobre quiénes somos. Al final, nos convertimos en lo que juzgamos, y nuestras palabras son el reflejo más directo de nuestra personalidad. www.carloshidalgo.es

La inocencia perdida

El juicio de la secta de Vistabella, ya en su tramo final, ha destapado abusos sexuales a menores y dejado al descubierto heridas profundas en los cimientos de la infancia. Lo más devastador, no ha sido solo el dolor inmediato, sino la manipulación sistemática de la percepción de su mundo construyéndoles una realidad paralela y mágica, diseñada para sustituir sus vínculos naturales por la sumisión a los líderes del grupo. Durante años, como parte de una estrategia perversa, los niños fueron tratados como elegidos con regalos, fiestas y atenciones. Pero a partir de los 12 años, esa fantasía se transformaba en pesadilla, comenzando los abusos sexuales y la pérdida de la inocencia. En una etapa crucial del desarrollo, justo cuando la identidad comenzaba a forjarse, se les privó del amparo y la seguridad, generando un daño psicológico tan profundo como duradero. Como secuela de esta manipulación, se produce una fractura en la confianza hacia los adultos, lo que derivará en dificultades para establecer vínculos seguros en la vida adulta. A todo esto, se suma el trauma del propio abuso, que no solo vulnera el cuerpo, sino también la candidez. Las víctimas deben enfrentarse a dolorosos recuerdos y reconstruir su identidad en un contexto donde lo que aprendieron como verdadero era una mentira. Una estrategia terapéutica clave en su recuperación es la reconstrucción narrativa. A través de esa terapia, las víctimas tienen que reelaborar su historia, resignificando los hechos desde una posición diferente, reconociendo que lo vivido fue una imposición, y no una elección. Porque sanar no es olvidar, sino integrar el pasado sin que defina el futuro. Solo así será posible recuperar la dignidad arrebatada. www.carloshidalgo.es