CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

Museos del alma Hace 40 años se aprobó una Ley por la cual los encerrados en “manicomios” pasaron a ser ciudadanos con derechos propios y a recibir una atención adecuada. Hasta entonces, estos eran museos del alma, lugares tétricos donde la excentricidad se pagaba con el aislamiento. Dudoso de su funcionalidad, el psicólogo David Rosenhannn (en 1973), ejecutó un experimento que sacudió los cimientos de la psiquiatría. Para comprobar si la cordura era una condición objetiva o una etiqueta colgada por un observador prejuicioso, envió a ocho personas sanas (incluido el mismo) a diversos sanatorios americanos con una instrucción mínima: fingir que escuchaban una voz susurrando la palabra “vacío”. Formalizado su ingreso, debían dejar de fingir y comportarse con absoluta normalidad. Pero los facultativos ya les habían colgado la etiqueta de “enfermos” y, a partir de ese instante, cada gesto cotidiano era interpretado como un rasgo patológico Si al paciente le gustaba escribir, se le diagnosticaba con un trastorno compulsivo. Si se paseaba por los pasillos, se interpretaba como nerviosismo patológico. Si eran amables eran dependientes emocionales. Ningún doctor se dio cuenta de que eran impostores, solo los verdaderos ingresados descubrieron que estaban equilibrados. La única forma de salir fue admitir estar enfermo y tomar el tratamiento. El entorno hospitalario era capaz de “crear” locura donde no existía. Tal fue el escándalo que un hospital retó a Rosenhann a enviar nuevos impostores, convencidos de que no fallarían. Tres meses después dijeron que habían encontrado a 41 infiltrados. Lo gracioso es que Rosenhann no envío a nadie. La paranoia institucional hizo el resto. Hoy, al recordar aquella Ley, celebramos que la dignidad finalmente prevaleció sobre el estigma y la ceguera clínica. www.carloshidalgo.es

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