CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

Plan B: el Polo Sur

«¡Quién ha robado mi sueño!», gritó Roald Amundsen al despertar en 1909, con la noticia de que Robert Peary se le había adelantado en la conquista del Polo Norte. Llevaba años preparándose. Había convivido con los esquimales netsilik para dominar el frío extremo, las pieles y el tiro con perros. Y, tras años de preparación, su meta tenía dueño. Ante tal adversidad, la mente ofrece dos atajos tramposos: rumiar como víctima o la obstinación rígida. Amundsen eligió un tercer camino, la flexibilidad psicológica. Envió un telegrama de felicitación a Peary y giró el rumbo del barco apuntando al polo opuesto. Así, el 14 de diciembre de 1911 pisaba el Polo Sur, un mes antes que la expedición de su rival Robert Scott. Pero lo verdaderamente revelador no fue la hazaña, sino cómo gestionó la pérdida. Separó su identidad de la meta, aceptó el duelo de la expectativa rota y distinguió entre el objetivo (llegar primero al polo Norte) y el motivo profundo (explorar, desafiarse y conquistar lo desconocido), entendiendo que, si el recipiente se rompe, el contenido puede verterse en otro molde. Porque cuando el plan naufraga, el desencanto puede ser un ancla que te detiene o un timón que te reorienta. No se trata de resignarse, ni de empecinarse, sino de preguntarnos qué buscábamos de verdad y qué otra ruta puede satisfacerlo. Amundsen perdió el Norte, pero la flexibilidad mental le regaló el Sur. Y la ironía del destino remató la jugada. Peary nunca pudo aportar pruebas concluyentes de su hazaña, por lo que la primera llegada al Polo Norte la firmó el propio Amundsen en 1926, al sobrevolarlo con un dirigible. www.carloshidalgo.es

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