CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

La teoría del girasol A veces, la naturaleza explica algunas cosas mejor que nosotros mismos. La teoría del girasol propone una bonita metáfora sobre cómo funcionan los vínculos saludables. Los girasoles buscan la luz, pero cuando esta desaparece, se vuelven unos hacia otros. No está mal como manual de instrucciones para las relaciones humanas. La idea encaja en el concepto psicológico de la co-regulación emocional. Somos seres relacionales y, aunque nos hayan vendido que madurar consiste en no necesitar a nadie, la realidad es menos heroica. Todos tenemos días en los que nuestra batería emocional marca un preocupante 3 %. Es entonces cuando descubrimos el verdadero valor de los vínculos saludables: cuando tenemos energía, podemos compartirla; cuando nos falta, podemos apoyarnos en los demás. Una pareja, un amigo o un familiar no tienen que solucionar nuestros problemas ni convertirse en nuestro terapeuta particular, pero sí pueden acompañarnos mientras atravesamos un mal momento. Porque apoyarse en los demás no es debilidad. De hecho, la verdadera fortaleza no consiste en estar siempre bien, sonriendo y diciendo que todo «fluye» como una especie de Rambo emocional. Consiste también en poder decir “Hoy no puedo con todo” sin sentir que acabamos de suspender el examen de la vida adulta. Ahora bien, nadie tiene que ser el sol permanente de nadie, pues los vínculos sanos requieren límites y libertad para pedir ayuda sin convertir al otro en la única fuente de bienestar. Y es que amar a alguien no significa evitarle todas las tormentas; a veces, significa simplemente sentarse a su lado mientras llueve. Basta con saber hacia dónde girarnos cuando se apaga la luz, porque hasta los girasoles necesitan compañía para pasar noche.

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