CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El efecto aislamiento

Vivimos inmersos en un bombardeo constante de estímulos. Imágenes, mensajes, sonidos y anuncios forman un caótico flujo de información que nuestro cerebro necesita procesar para evitar el colapso. Con el fin de optimizar el consumo energético, el cerebro automatiza tareas, categoriza la información e ignora los estímulos repetitivos. Únicamente aquello que resulta novedoso o disruptivo logra sacarlo de su estado de confort. Hablamos del efecto Von Restorff —también conocido como efecto aislamiento—, descubierto por la psiquiatra alemana Hedwig von Restorff en 1933. La premisa es clara: si un objeto sobresale entre lo homogéneo, capta la atención y se fija con mayor fuerza en la memoria. Basta situar un objeto rojo entre diez iguales (de otro color) para captar el recuerdo. Lo inesperado genera un pico de atención. El cerebro detecta que algo no encaja, intensifica su procesamiento y graba lo diferente en la memoria a largo plazo De ahí que la publicidad y el diseño recurran constantemente a este truco. Un botón llamativo, una imagen fuera de lugar, un titular provocador o un cambio de color bastan para detener la atención donde habitualmente se pasaría de largo. Pero el efecto aislamiento nos regala también una profunda lección de vida. Todo lo que se vuelve demasiado uniforme termina por pasar inadvertido. Para hacernos oír en la multitud, el truco no radicaría pues en subir el tono de voz, sino en ofrecer una perspectiva diferente. Si buscas que tu mensaje cale hondo y permanezca en la memoria, no grites más fuerte, proyecta tu autenticidad. En un entorno donde todos se imitan, ser la nota discordante se convierte en la única forma real de dejar huella. www.carloshidalgo.es

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