¿Le hablarías a un amigo como te hablas a ti cuando fallas? Seguramente no. Y, sin embargo, ahí estás, dictándote sentencia en cada tropiezo, con cada error. Nos juzgamos con una dureza que nadie más se ha ganado el derecho a tener. Vivimos con prisa, cada uno a lo suyo, olvidando que compartimos hábitat. Y si el daño que le hacemos al entorno vuelve, también es cierto que la paz que cultivamos por dentro se contagia a quienes nos rodean. De ahí el valor de la autocompasión, que no debe confundirse con su impostora, la autolamentación. Una se alimenta de la queja estéril y nos atrapa en la parálisis del victimismo. La otra es un bálsamo que alivia el peso de la culpa y fortalece la salud emocional. La palabra compasión viene del latín cumpassio (sufrir juntos). Es compartir el dolor, sentir con el otro, empezando por uno mismo. Por ello, la autocompasión consistiría en bajar el volumen del juez interno y recordar que actuamos lo mejor posible según la conciencia de la que disponemos en cada momento. Y eso permite aprender de las equivocaciones como parte del aprendizaje de vivir y cambiar el castigo por el acompañamiento. Así que, la próxima vez que te equivoques, pregúntate: «¿Qué le diría a alguien a quien quiero?» Y no, no es pasividad, ni dejar que te hagan daño. Es justo lo contrario, pues quien se trata bien sabe poner límites. Decir “no” o tomar distancia cuesta menos cuando dejas de exigirte ser perfecto. Conviene recordar que abrazar tus propias heridas no es debilidad ni egoísmo, sino la condición indispensable para sanar por dentro. www.carloshidalgo.es