CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El amor que no caduca

Cada primero de noviembre, los cementerios se llenan de flores y de silencios compartidos. Hay quien limpia la lápida con ternura, quien se queda en silencio y quien, sin entender por qué, sonríe mientras llora. Todos hacen lo mismo: visitar a alguien que ya no está, pero que sigue presente en su corazón. Mucha gente cree que el duelo consiste en olvidar, en dejar de sentir o en pasar página. No es así. El vínculo no termina con la muerte, solo cambia de forma. Pasamos de querer a alguien presente a querer a alguien ausente, y esa transición tiene sus tiempos, sus olas y sus días torcidos. Es perfectamente sano. Este día tiene un enorme valor psicológico al concedernos el permiso que tantas veces nos negamos, el de recordar en voz alta. Nombrar a quien se fue, contar la anécdota de siempre, reírnos de su manía, mirar una foto sin que nadie nos diga venga, no llores. Recordar no es enquistarse en el dolor, es mantener viva una relación que importó. Si estos días se te hace más cuesta arriba de lo habitual, no hay nada raro en ti. Las fechas señaladas remueven, y que duela no significa que vayas hacia atrás, significa que quisiste mucho. Quizá te ayude un pequeño gesto como encender una vela, preparar su plato favorito, escribir unas líneas o simplemente quedarte un rato con su recuerdo. No hay una manera correcta, solo la tuya. Hoy no se trata de decir adiós, sino de seguir diciendo gracias por haber estado en mi vida. Porque, como dice la canción, la gente buena no se entierra, se siembra. www.carloshidalgo.es

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