CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

Advocatus diaboli

Durante cuatro siglos, la Iglesia tuvo un empleo curioso: pagar a alguien para que llevara la contraria. Lo creó Sixto V en 1587, y su misión era objetar, exigir pruebas y buscar grietas en la vida de cualquier candidato a Santo. Lo llamaron el abogado del diablo (Advocatus diaboli), aunque en realidad trabajaba para la verdad pues, si la santidad resistía sus ataques, era auténtica. Hoy nos vendría de maravilla uno, sobre todo ahora que la inteligencia artificial nos da la razón casi siempre y aplaude cualquier ocurrencia que le propongamos. Porque cada vez más, decisiones como cambiar de trabajo o cerrar una relación pasan por buscar su aprobación. Esto es un ejemplo claro del sesgo de confirmación: buscamos datos que respalden lo que ya creemos y esquivamos los que lo desmienten. Y cuanto más ilusionados estamos con una idea, más ciegos nos volvemos a sus fallos. Por eso, el abogado del diablo es pura higiene mental. No consiste en ser negativo, sino en examinar la idea antes de que lo haga la realidad, que suele ser menos amable. Escuchar una objeción escuece, porque la sentimos como un juicio a nuestra capacidad. Pero no lo es, porque lo que se cuestiona es el plan, no la persona. Y quien separa ambas cosas decide mejor. Así que, antes de dar un paso importante, pide a alguien de confianza que haga una crítica de tu intención. Incluso pide a la IA que te lleve la contraria. Porque a veces, cuando nadie discute, no es que todo vaya bien, es que nadie se atreve a decírtelo. Y una buena decisión no teme al interrogatorio, sale reforzada de él. www.carloshidalgo.es

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