CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El ecoísmo

Conocemos de sobra el mito de Narciso, aquel joven de belleza inigualable que, por su soberbia, fue castigado a enamorarse de su propia imagen reflejada en un estanque, dando origen al término “narcisismo”. Sin embargo, la mitología clásica esconde un reverso crucial: Eco, la elocuente ninfa condenada a repetir las últimas palabras de los demás tras ser cruelmente rechazada por él. De su trágica historia nace el ecoísmo, un concepto psicológico tan fascinante como invisibilizado en la actualidad. Mientras el narcisista acapara todos los focos, el ecoísta habita en su sombra, permitiendo que el ególatra brille a expensas de su propio silencio. Lejos de ser un trastorno mental, representa un rasgo de la personalidad moldeado por la convivencia estrecha con figuras puramente egocéntricas. Así, los ecoístas destacan por ser extraordinariamente empáticos, afectuosos y buenos oyentes, aunque cargando con un miedo atroz a convertirse en el centro de atención. Para sobrevivir emocionalmente, despliegan una estrategia basada en la invisibilidad absoluta: minimizan sus propias necesidades, rara vez celebran sus logros y anulan cualquier iniciativa por temor a incomodar. El resultado es un perfil sumamente pasivo, con baja asertividad y entregado por completo a complacer siempre a los demás. La verdadera ironía de esta relación reside en que el narcisista y el ecoísta comparten la misma raíz: una profunda inseguridad básica, gestionadas de manera opuesta. El narcisista la compensa exigiendo admiración y atención desmedida, mientras que el ecoísta elimina su propio “yo” para mantener la paz y evitar el conflicto. Esta dinámica resulta peligrosa, ya que vivir al lado de un presuntuoso puede anular por completo la fortaleza de alguien que, en su pasado, fue dispuesto, hábil y fuerte. www.carloshidalgo.es

Deja un comentario