El fenómeno Therian Cada vez es más frecuente ver en redes sociales a jóvenes andando a cuatro patas, con cola y máscaras artesanales, simulando comportamientos animales como correr, saltar o marcar territorio. Son los Therians, término derivado del griego therion (bestia) y anthropos (humano), que define a individuos que sienten que su esencia interna pertenece a un animal, a pesar de ser plenamente conscientes de su realidad biológica y social. La mayoría mantiene su funcionalidad, sin afectar sus vínculos significativos (familia y amigos), mientras conservan su estabilidad emocional, sin desorganización mental, ni angustia existencial. Lejos de ser un simple disfraz o una desconexión clínica con la realidad, el fenómeno se manifiesta más como una construcción identitaria profunda. Que muchos adolescentes se identifiquen con lo mismo no es casual, pero tampoco significa que todos estén atravesando por lo mismo. Así, la superficie visual no debe distraernos de una pregunta esencial: ¿qué necesidades emocionales buscan satisfacer? Como todo fenómeno colectivo, el movimiento Therian se nutre de motivaciones subjetivas diversas: desde la búsqueda de refugio ante la exclusión social y la necesidad de pertenencia, hasta herramientas de regulación emocional o la exploración identitaria propia de la adolescencia. Y, aunque las redes son un espacio de creatividad, expresión identitaria y sentido de pertenencia, la “viralidad” rara vez favorece la comprensión profunda de aquello que se expone. En este entorno, quienes se adhieren a determinadas “modas” se exponen al juicio inmediato, al escarnio o a la burla de quienes observan sin intentar discernir las motivaciones intrínsecas que impulsan esa conducta. El riesgo aumenta cuando el algoritmo actúa como una cámara de eco, porque lo viral no solo expone, sino que también cristaliza estigmas. www.carloshidalgo.es
Carlos Hidalgo
Carpe diem
Carpe diem es una expresión repetida con frecuencia, pero pocas veces comprendida en su sentido más profundo. Tradicionalmente se traduce como “disfruta del momento”, sin embargo, en las Odas del poeta Horacio, su significado es más exigente refiriéndose a “cosechar el día”. No se trataría tanto de entregarse al placer inmediato, sino de asumir la responsabilidad de actuar en el presente, sin aplazar lo esencial. Es decir, más que una llamada al hedonismo desenfrenado, buscando la gratificación instantánea, sin importar los excesos y sus consecuencias, es más una reflexión sobre la madurez, la responsabilidad sobre el propio tiempo y la valoración consciente del aquí y ahora. Por lo tanto, hablaríamos más de una felicidad basada en la ataraxia, del griego «sin perturbaciones». Porque para los filósofos estoicos la felicidad no es la euforia, sino el estado de paz mental y equilibrio que termina convirtiéndose en ataraxia como paso previo de la felicidad duradera. Una fortaleza interior que permite mantener la calma ante la adversidad, cultivada mediante la razón y el control de las pasiones. Vivir el carpe diem pues implica estar a la altura del momento cuando este pase, habiendo sembrado antes lo necesario para poder cosechar. Porque nadie recoge frutos sin haber trabajado antes la tierra y, de la misma manera, nadie puede esperar resultados sin haber actuado con coherencia y constancia. En resumen, Carpe diem, quam minimum credula postero no es una llamada a la evasión, ni a la fruición, sino a la acción consciente, a vivir con responsabilidad, a no desperdiciar lo que está en nuestras manos y a construir día a día la vida que queremos cosechar. www.carloshidalgo.es
El síndrome de Calimero
Todos conocemos a personas que no expresan quejas, sino que viven en ellas. Gente que se caracteriza por el fatalismo y el lamento persistente. Un Calimero, vamos. Calimero era un pollito gruñón, de color negro, el único de una familia de pollitos amarillos, que se caracterizaba por llevar medio cascarón de huevo en la cabeza y exclamar siempre: “¡Es una injusticia!”. Este personaje de dibujos animados, ha dado pie al síndrome de su mismo nombre, para referirse a las personas inconformistas que muestran siempre una sensación de descontento general. Este síndrome, no es solo una inclinación al pesimismo o la negatividad, sino una estructura defensiva basada en la victimización crónica. Quienes lo padecen, no solo habitan en la pesadumbre, sino que la utilizan como un escudo (como ese icónico cascarón roto que lleva sobre la cabeza) ante un mundo que perciben aciago y hostil. Lo curioso es que el foco de su malestar suele posarse en nimiedades. Un café demasiado caliente o una lluvia inoportuna es motivo suficiente para demostrar una inquina universal. El origen de esta sensación constante de injusticia e infortunio, suele estar en un pasado emocionalmente conflictivo marcado por experiencias injustas en su infancia o adolescencia que no llegaron a solventar, como falta de atención, humillación, rechazo o abandono. Sin embargo, hay una minoría que busca simplemente llamar la atención teatralizando y protestando todo el tiempo, con tal de ser la estrella, buscando ser el centro de atención. En realidad, estos pseudocalimeros, no tienen el cascaron roto, es más bien una estrategia surgida de su necesidad crónica de protagonismo, aterrándoles ser un personaje secundario en la vida de los demás. www.carloshidalgo.es
El Mariscal Tito Ahora, que andamos huérfanos de líderes carismáticos, vendría bien recordar que se cumplen 25 años del comienzo del conflicto de los Balcanes. El personaje más importante de esa extinta Yugoslavia, y uno de los más importantes del siglo XX fue el mariscal Josip Broz Tito. Su presencia, como símbolo unificador, permitió mantener unidas a las diversas nacionalidades que conformaban Yugoslavia. Además, fue el primero en desafiar la hegemonía de Moscú, enfrentándose al propio Stalin cuando abandonó el Kominform (organización comunista bajo el liderazgo de la URSS). Yugoslavia, aún siendo comunista, escapaba del control soviético, lo que sabiendo como se las gastaba Stalin (que purgaba mejor que un laxante), era una amenaza para el mismo Tito. El mandatario soviético, cansado de él, ordenó hasta 20 operaciones para acabar con el líder yugoslavo. Desde enviar un agente de la KGB para liberar una bacteria pulmonar a través de un dispositivo oculto, hasta dispararle en una visita a Londres o envenenarlo con gas letal al abrir una caja regalo. Tito, harto de Stalin, le escribió una carta con el siguiente mensaje: “Deja de mandar gente a matarme. Si no dejas de enviar asesinos, yo mandaré uno a Moscú, y no tendré que remitir un segundo”. Stalin dejó de enviar agentes. Tal fue el alcance de Tito a nivel mundial, que su funeral de estado fue el más grande de la historia (tras el de Juan Pablo II y Nelson Mandela) por la concentración de dignatarios: cuatro reyes, treinta y un presidentes, seis príncipes y decenas de primeros ministros, de ambos lados del Telón de Acero. Al poco de fallecer, Yugoslavia se disolvió, iniciando una cruenta guerra civil. www.carloshidalgo.es
Fortalezas mentales de otro tiempo Un reciente estudio sugiere que quienes crecieron entre las décadas de los 60 y 70 desarrollaron fortalezas mentales que hoy están en declive. Diversos especialistas advierten que la actual inmersión en la tecnología, la inteligencia artificial y las redes sociales, está erosionando habilidades vitales básicas. Las fortalezas de las que se habla son la capacidad para regular las emociones, la satisfacción con lo que se tiene, la tolerancia a la incomodidad, la concentración y la gestión directa de conflictos. En el pasado, el aburrimiento no se consideraba un vacío que llenar, sino un catalizador para la creatividad y la introspección. Esa espera entrenaba la calma y fomentaba una toma de decisiones más reflexiva. Asimismo, la frustración era un componente natural del aprendizaje; ante la ausencia de recompensas inmediatas, el fracaso se integraba como un peldaño necesario hacia la madurez. Este entorno forjaba una resiliencia sólida y una capacidad superior para regular las emociones frente a la adversidad. Del mismo modo, crecer con menos bienes materiales fomentó una satisfacción mayor con lo que se tenía y una expectativa más realista sobre la vida. En cuanto a la capacidad cognitiva, las actividades que requerían atención sostenida (lectura y escritura) fortalecían la concentración y la atención, a diferencia de la atención fragmentada que imponen los algoritmos actuales. Finalmente, el “cara a cara” con el que se solucionaban los conflictos (frente a las pantallas de hoy) obligaba a desarrollar la escucha activa y la interpretación del lenguaje no verbal, herramientas esenciales de la inteligencia emocional. Este debate no se plantea como una crítica nostálgica, sino como una reflexión sobre cómo el contexto puede moldear la mente humana. www.carloshidalgo.es
Primeros auxilios emocionales
El terrible accidente ferroviario del domingo pasado nos dejó a todos conmocionados. En estas situaciones, la labor de los psicólogos de emergencias es fundamental, a pesar de que a veces pase desapercibida. Su intervención arranca en las primeras horas, cuando las personas afectadas están desbordadas, en estado de shock y con una sensación de irrealidad que impide comprender lo sucedido. La atención psicológica temprana suele marcar la diferencia entre un sufrimiento agudo y la aparición de trastornos más duraderos, como el estrés postraumático. La labor de estos profesionales no es aplicar terapias largas, ni realizar diagnósticos complejos, sino ofrecer estrategias de contención emocional y apoyo inmediato, pues el objetivo es reducir la sensación de amenaza, transmitir seguridad y ayudar a las víctimas a recuperar una mínima sensación de control, en medio del caos. Escuchar sin juzgar, validar el miedo, la tristeza y la rabia, y enseñar técnicas para regular la ansiedad, contribuyen a estabilizar a las personas y a disminuir el impacto psicológico del suceso. En psicología de emergencias, la “ventana de oportunidad” se refiere al periodo de tiempo inmediato que sigue a una catástrofe, generalmente las primeras horas, en el que la intervención psicológica tiene un impacto preventivo especialmente eficaz. En esa fase, el recuerdo del evento aún no está plenamente consolidado, de modo que el acompañamiento profesional facilita que la experiencia se integre en la memoria de forma menos reactiva y más adaptativa. Además, estos psicólogos también atienden al personal de rescate, expuesto a escenas extremas y a un alto desgaste emocional, por lo que visibilizar su trabajo es entender que, en el desastre, cuidar la mente es tan imprescindible como salvar vidas. www.carloshidalgo.es
La depresión invisible El pasado martes 13 se conmemoró el Día Mundial de la Depresión, una ocasión para recordar que el sufrimiento psicológico no siempre es visible, ya que muchas personas con depresión no simulan estar mal, fingen estar bien para evitar el estigma, el juicio ajeno o ser una carga para los demás. De ahí surge la llamada depresión sonriente: individuos que cumplen con sus responsabilidades, mantienen rutinas, sonríen en fotos y sostienen la vida cotidiana, mientras por dentro se sienten agotados y desbordados. Esta realidad obliga a diferenciar entre funcionar bien y estar bien. Desde fuera estas personas parecen estables pues trabajan, toman decisiones, mantienen vínculos y responden a las exigencias diarias, por lo que no se detecta ninguna señal que haga pensar que algo va mal. Mientras todo siga en pie, el malestar se minimiza y la autoexigencia ocupa el centro. Sin embargo, ese malestar existe en forma de cansancio crónico, tensión constante, desconexión emocional y una sensación de alerta constante. Sería algo así como un sufrimiento que convive con el rendimiento, sin interrumpirlo. En este punto, conviene recordar que el bienestar psicológico no se puede medir por la eficacia externa, sino por la experiencia interna: coherencia entre lo que se vive y se siente, energía vital, sentido, capacidad para regular las emociones y una relación amable con uno mismo. Por lo tanto, no es tanto lo que se hace, que cómo se vive aquello que se hace, pues esa aparente normalidad silencia la necesidad de apoyo, sin darnos cuenta que alargar ese ritmo tiene un tremendo desgaste psicológico. Porque estar bien, no es solo poder con todo; es sentirse en paz con la vida. www.carloshidalgo.es
Cuando grabar sustituye a sobrevivir
Todos seguimos en estado de shock por el incendio ocurrido, en Año Nuevo, en el bar de una estación de esquí suiza. Decenas de víctimas mortales y centenares de heridos graves, conforman el balance de la tragedia. Sin embargo, lo que ha provocado una profunda inquietud son las imágenes difundidas posteriormente. En ellas se observa a numerosos jóvenes grabando las llamas con sus teléfonos móviles sin huir, gritar o escapar. Algunos incluso continúan bailando. No es inconsciencia, es desconexión emocional. Parece que el uso excesivo del teléfono móvil ha suprimido un instinto primario del ser humano, el de la huida ante el peligro. La realidad ya no se vive, se graba. Resulta que, cuando una catástrofe se observa a través de una cámara, el cerebro introduce una distancia psicológica, actuando como una barrera protectora ilusoria que convierte a la persona en espectador, no en protagonista. Ante una amenaza, los mamíferos reaccionan de tres maneras: luchar, huir o paralizarse. Hoy, grabar se ha convertido en una forma moderna de congelamiento. Estos vídeos no son un fenómeno aislado. Son la continuación de las grabaciones de peleas, agresiones, escenas de acoso o selfies que terminan en tragedia. El valor ya no reside en la experiencia vivida, sino en poder afirmar: “yo estuve allí”. Mientras tanto, seguimos regalando teléfonos móviles a niños cada vez más pequeños, exponiéndolos durante miles de horas a una realidad mediada por pantallas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de asumir la urgencia de una educación digital que devuelva al cerebro empatía e instinto de supervivencia. Porque cuando un techo se incendia, grabar un vídeo no puede ser la prioridad. www.carloshidalgo.es
La tragedia de la ignorancia
Dicen que puedes convencer a cuarenta estudiosos con un solo hecho, pero no puedes convencer a un necio ni con cuarenta evidencias. La verdad, incluso cuando está bien argumentada, no siempre persuade. El obstáculo no es la falta de información, sino la falta de disposición para aceptarla, pues una mente cerrada no busca comprender, sino confirmar. Comprender exige un esfuerzo cognitivo y emocional, junto a aceptar la incomodidad de no tener razón. Porque la mente humana no funciona como un recipiente vacío que se llena de datos, sino como un sistema defensivo diseñado para proteger creencias, identidades y certezas previamente establecidas. Esa es la auténtica tragedia de la ignorancia. Una reciente encuesta asegura que el 15% de personas ha roto, en el último año, con amigos o familiares por discusiones políticas, y que 7 de cada 10 las esquiva para evitar conflictos. Este fenómeno se explica por la disonancia cognitiva, mecanismo que surge por la necesidad de mantener coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, pues cuando existe inconsistencia entre éstas, esa falta de armonía, genera malestar. De ahí que las personas tiendan a buscar información que confirme lo que ya piensan, y a rechazar o minimizar aquello que lo contradice. Por eso, la ignorancia no es pasiva, sino activa. No se nutre de la ausencia de verdad, sino de la terquedad. Cambiar de opinión exige humildad, y la humildad implica reconocer que uno pudo estar equivocado, algo que muchos viven como una amenaza a su identidad. Así, el verdadero sabio no malgasta su energía en discusiones estériles, pues la razón convence solo a quienes están dispuestos a escuchar. www.carloshidalgo.es