Nadie que suba a la Acrópolis lo hace esperando encontrar un edificio a estrenar, con el mármol pulido, paredes lisas, pintura fresca y esquinas perfectas. Nadie mira el Partenón y se lamenta por sus columnas incompletas o sus frisos desgastados por el viento. Al contrario, son precisamente esas grietas, las marcas del tiempo y las cicatrices de su historia, lo que le otorga su carácter imponente viéndolo, no como una ruina, sino como un monumento a la resiliencia. A menudo, las personas cargan con sus heridas emocionales como si fueran estigmas de insuficiencia. Y es que existe la creencia errónea de que el valor humano reside en la perfección, en una especie de mito de integridad prístina donde, por una falsa pulcritud psicológica, creemos que cualquier trauma en nuestra historia personal disminuye nuestro valor, sin espacio para el error o el trauma. Pero la integridad no es sinónimo de indemnidad. La metáfora del Partenón nos invita a cambiar esta perspectiva, pues nuestras cicatrices, visibles o invisibles, no son señales de debilidad, sino prueba irrefutable de que hemos vivido, de que hemos resistido y de que seguimos en pie. Sanar, por tanto, no es activar un borrador mágico que elimine el pasado. Es, más bien, aprender a mirar nuestras cicatrices con la misma reverencia con la que miramos el mármol griego. Las marcas pues no son pruebas de que estamos “rotos”, sino experiencias que nos otorgan una profundidad y dignidad que la perfección estática jamás podría igualar. Porque nuestro valor no reside en estar intacto, sino en la historia que cuentan nuestras heridas. Y, a menudo, caminamos por la vida intentando ocultar esas fisuras. www.carloshidalgo.es