Todos hemos pasado la semana con el corazón encogido, ante el desastre provocado por el implacable incendio de nuestra Sierra de Espadán. Ver cómo las llamas devoran y transforman de manera irreversible nuestros paisajes más queridos, no solo nos entristece, sino que deja una profunda huella psicológica. A este inmenso malestar, a esta profunda incomodidad al ver los espacios que habitamos destruidos por el impacto ambiental, la ciencia lo llama solastalgia. Este concepto, tan revelador para entender lo que sentimos hoy, nace de la combinación del latín sōlācium (consuelo) y el griego algia (dolor). Sería como el dolor emocional que se sufre al ver nuestro entorno destruido, haciendo que nos sintamos extraños en nuestra propia casa. A diferencia de la nostalgia tradicional, que nos remite a un sitio perdido en la distancia, aquí el dolor es distinto porque nunca nos hemos marchado del lugar. La herida se produce al sentir que, esa tierra quemada, ya no ofrece el solaz de antaño. Lamentablemente, a este duelo colectivo por el entorno natural, se suma estos días una tragedia aún más desgarradora y desoladora: la desgracia de las personas y familias que han perdido sus viviendas devoradas por las llamas. Ver reducido a cenizas el propio hogar, que es el mayor refugio de seguridad y arraigo de un ser humano, multiplica el trauma, erosiona por completo la identidad personal y agrava drásticamente el riesgo de padecer ansiedad o depresión. En definitiva, enfrentarse a este desastre es un recordatorio de que perder la geografía a la que están ligadas nuestras emociones es, en el fondo, perder una parte vital de nuestra propia identidad. www.carloshidalgo.es