CARLOS HIDALGO Psicólogo clínico

El recuerdo eufórico

En ocasiones, tras una ruptura amorosa, nuestra memoria funciona como el redactor de folletos de una agencia de viajes que decide convertir la relación liquidada en un destino de ensueño: fotos de playas sin algas, atardeceres sin nubes y actividades para parejas felices, omitiendo con discreción los hacinamientos, los mosquitos y el retraso del vuelo. Mientras en la portada todo parece un paraíso, en la letra pequeña, que el “redactor” no quiso escribir, figuran reproches, burlas, silencios que pesan como plomo, domingos fríos, promesas incumplidas, pequeñas humillaciones, discusiones que nunca llegaron a acuerdos, empujones verbales, noches en vela… Esto es lo que la psicología llama el recuerdo eufórico. Tras la ruptura, el cerebro, privado de su dosis habitual de oxitocina, entra en pánico y decide que cualquier tiempo pasado fue mejor, simplemente porque era conocido. Es el equivalente mental a tener hambre a las tres de la mañana y, de repente, el sándwich reseco de la nevera, parece un manjar con estrella Michelín. Pero no nos engañemos, el sándwich sigue estando seco y nosotros solo un vacío que llenar. El problema es que este sesgo alimenta el miedo a tomar una decisión equivocada, convirtiendo la nostalgia es nuestra brújula, cuando en realidad es solo química intentando ahorrarnos el esfuerzo de la incertidumbre. Así, el arrepentimiento que suele venir cuando formalizamos una ruptura amorosa, no suele nacer de un error real, sino de comparar un presente difícil, con un pasado que nunca existió tal como lo recordamos ahora. Y, seguramente, si abandonamos el barco fue porque estaba haciendo aguas, por mucho que ahora la nostalgia transforme un naufragio en un crucero de lujo. www.carloshidalgo.es

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