Todos seguimos en estado de shock por el incendio ocurrido, en Año Nuevo, en el bar de una estación de esquí suiza. Decenas de víctimas mortales y centenares de heridos graves, conforman el balance de la tragedia. Sin embargo, lo que ha provocado una profunda inquietud son las imágenes difundidas posteriormente. En ellas se observa a numerosos jóvenes grabando las llamas con sus teléfonos móviles sin huir, gritar o escapar. Algunos incluso continúan bailando. No es inconsciencia, es desconexión emocional. Parece que el uso excesivo del teléfono móvil ha suprimido un instinto primario del ser humano, el de la huida ante el peligro. La realidad ya no se vive, se graba. Resulta que, cuando una catástrofe se observa a través de una cámara, el cerebro introduce una distancia psicológica, actuando como una barrera protectora ilusoria que convierte a la persona en espectador, no en protagonista. Ante una amenaza, los mamíferos reaccionan de tres maneras: luchar, huir o paralizarse. Hoy, grabar se ha convertido en una forma moderna de congelamiento. Estos vídeos no son un fenómeno aislado. Son la continuación de las grabaciones de peleas, agresiones, escenas de acoso o selfies que terminan en tragedia. El valor ya no reside en la experiencia vivida, sino en poder afirmar: “yo estuve allí”. Mientras tanto, seguimos regalando teléfonos móviles a niños cada vez más pequeños, exponiéndolos durante miles de horas a una realidad mediada por pantallas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de asumir la urgencia de una educación digital que devuelva al cerebro empatía e instinto de supervivencia. Porque cuando un techo se incendia, grabar un vídeo no puede ser la prioridad. www.carloshidalgo.es