Carpe diem es una expresión repetida con frecuencia, pero pocas veces comprendida en su sentido más profundo. Tradicionalmente se traduce como “disfruta del momento”, sin embargo, en las Odas del poeta Horacio, su significado es más exigente refiriéndose a “cosechar el día”. No se trataría tanto de entregarse al placer inmediato, sino de asumir la responsabilidad de actuar en el presente, sin aplazar lo esencial. Es decir, más que una llamada al hedonismo desenfrenado, buscando la gratificación instantánea, sin importar los excesos y sus consecuencias, es más una reflexión sobre la madurez, la responsabilidad sobre el propio tiempo y la valoración consciente del aquí y ahora. Por lo tanto, hablaríamos más de una felicidad basada en la ataraxia, del griego «sin perturbaciones». Porque para los filósofos estoicos la felicidad no es la euforia, sino el estado de paz mental y equilibrio que termina convirtiéndose en ataraxia como paso previo de la felicidad duradera. Una fortaleza interior que permite mantener la calma ante la adversidad, cultivada mediante la razón y el control de las pasiones. Vivir el carpe diem pues implica estar a la altura del momento cuando este pase, habiendo sembrado antes lo necesario para poder cosechar. Porque nadie recoge frutos sin haber trabajado antes la tierra y, de la misma manera, nadie puede esperar resultados sin haber actuado con coherencia y constancia. En resumen, Carpe diem, quam minimum credula postero no es una llamada a la evasión, ni a la fruición, sino a la acción consciente, a vivir con responsabilidad, a no desperdiciar lo que está en nuestras manos y a construir día a día la vida que queremos cosechar. www.carloshidalgo.es